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La góndola vacía: el populismo en cuestión

El concepto de populismo ha adquirido diversos usos. Aunque manoseada y utilizada como sinónimo de “demagogia”, la categoría sigue requiriendo un análisis para reflexionar a futuro.
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Hace unos meses, inaugurando una Jornada Nacional del Agro organizada por la CRA, el Presidente argentino, Mauricio Macri, declaró que “hay que salir de tantos años de populismo diciendo la verdad”. Remató esa emblemática frase afirmando que la salida es “menos populismo” (sic). Si nos ponemos exquisitos, resulta lógico suponer que la salida, entonces, es “no tanta verdad” o “un poco de verdad”. Pero, escapando de tal exquisitez, no deja de ser intrigante el uso de la palabra populismo allí.

Se trata del titular del Poder Ejecutivo de un Estado nacional, y no es el primero -y probablemente no será el último- que usa populismo como extremo-otro del cual diferenciarse. Por supuesto no es ocasión de solicitar a esa figura (el presidente) un largo excurso histórico y teórico que explique su noción de populismo. Pero, quizás, sí podemos preguntar: ¿por qué el actual presidente argentino no dice “hay que salir de tantos años de kirchnerismo”? ¿Qué hace populismo, en tanto significante, para justificar ese lugar? Reitero: se trata de un presidente que, en teoría y en la era de las redes sociales, busca comunicar “fácil”, rápido y para que se entienda y lo comprenda todo el mundo (o la gran mayoría). ¿No era más fácil usar “kirchnerismo”, o decir “hay que dejar la mentira atrás, la corrupción o algo por el estilo?

Populismo comunica fácil. Se trata de una palabra que, aún sin escapar de las garras teoricistas-académicas, se puso de moda.

Evidentemente, no. Populismo comunica fácil. Se trata de una palabra que, aún sin escapar de las garras teoricistas-académicas, se puso de moda. En la gran mayoría de los casos funciona como un (des)calificativo que se hace sinónimo de aquellos otros ismos a los que, justamente, viene a denostar. Y eso tiene una ventaja retórica para quienes, a veces escasos de vocabulario, con una sola palabra intentan resolver su comprensión de una multiplicidad inaudita de experiencias históricas distintas entre si. Por eso, si digo populismo, el que escucha asocia sin problemas al Apra peruano, al peronismo, al chavismo y, por dar algún caso más actual, a Marine Le Pen, Donald Trump o Pablo Iglesias. Hoy por hoy, y en los dichos tanto de académicos como de periodistas, plomeros, oficinistas, bancarios, se da por sentado que el kirchnerismo o el chavismo, por tomar sólo dos casos cualquiera, fueron o son populistas. Esa asociación proviene claramente del carácter negativo que se asigna a la palabra “populista” pero, aun así, la condición populista de ambas experiencias debería ser, para mí, profundamente rediscutida.

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Todo ello,  y este es uno de los argumentos que quiero presentar, no indica que el uso en modo “sentido común” (en nuestro ejemplo: el del Presidente Macri) sea específicamente opuesto o al menos distinguible del uso en “modo académico”. Pienso que, en buena medida, si populismo -como significante comprensivo de la política- se puso de moda es justamente por la enorme paridad entre ambos modos o registros. Lo cual no significa que periodistas y académicos escribamos de la misma forma, sino que, muchas veces, opinamos lo mismo, en términos políticamente bien llanos (de bar, podríamos decir), sobre las experiencias que populismo viene a calificar. La potencia negativa de populismo es imponente más allá del desarrollo teórico que su uso tenga detrás. Tan así es que resulta casi imposible leer un texto que no tenga una opinión estrictamente negativa, por ejemplo del peronismo clásico o del kirchnerismo, que lo llame populismo. Hay excepciones, por supuesto, sobre todo a parir de la publicación del influyente libro de Ernesto Laclau, La Razón Populista. Ese trabajo, dicho sea de paso, lo único que hace es -munido ahí sí de teoricismos generalmente válidos para la clínica lacaniana- invertir la carga explicativa del negativismo politológico tradicional para transformar a populismo en un sinónimo de emancipación social, con una connotación explícitamente positiva. Pero eso es harina de otro costal.

La potencia negativa de populismo es imponente más allá del desarrollo teórico que su uso tenga detrás.

No hay excepción, hasta aquí, en el devenir de la palabra populismo, en su juego simbólico y en su estrellato en el concierto de los ismos políticos. Uno puede pensar que liberalismo, socialismo y democracia, cada uno con sus bemoles, han vivido mucho más tiempo que populismo bajo fuego y tirones de significación espléndidos. Los que hacemos teoría política somos soldados de ese fuego, construyendo trincheras con nuestras definiciones. Muchas veces creemos excepcional un argumento que damos porque la palabra que usamos resulta excepcional, y, a raíz de ello, tendemos también a detestar aquello del “uso” de sentido común. Solemos olvidar que es más probable el cometa Halley le pegue de lleno al mar Mediterráneo que un debate público quede saldado definitivamente: solemos olvidar, así, que la trinchera nuestra es débil si no entendemos que también somos parte de un sentido común.

Volviendo a nuestra cuestión. Me interesa esa idea que se sobreentiende en la frase de Macri: el populismo es un lugar del que se entra y del que se sale. En las últimas semanas salieron en el diario La Nación un par de notas muy interesantes sobre populismo. O que, al menos, llevaban a populismo en su título. Un punto intrigante es que, una de esas notas, proponía, al uso de Macri, la idea de “salir” del populismo. La otra nota, se puede intuir, nos hablaba de que, quizás, este fuese un mal momento para “salir del populismo”. Si bien la densidad argumental de la segunda nota es notoriamente distinta de la primera, y si bien en ambos textos se estaba hablando básicamente de cómo pueden (o deben) plantearse el esquema y la estrategia electoral de medio término para este 2017 argentino, populismo aparece como un lugar elegible, decidible, pasible de ser voluntaria y racionalmente ocupado (o bien abandonado).

Podríamos preguntarnos por qué hace falta poner populismo en un texto en el que se va a hablar de estrategia electoral. Y podríamos intentar, a su vez, enunciar un sarcasmo inútil en función de aquello de las modas. Lo que me interesa argumentar, en cambio, es que esa idea del populismo como lugar (cuasi-físico) se relaciona íntimamente con otra idea: la de que populismo es nombre de una sola fuerza política y que es producto de esa sola fuerza. Resultará obvio para cualquier lector que si emprendemos la pesquisa, aunque más no sea en Google, populismo, por aquello de la sinonimia, suele aludir a experiencias que son nominadas con el ismo de su líder (Cárdenas, Perón y Vargas eximen de estirar este argumento). Y será muy difícil encontrar trabajos que nos hablen de aquello que llamamos populismo en función de esos otros actores que fueron su “oposición”. En Argentina, por cada 20 mil páginas escritas sobre peronismo en los años ´40 hay 1000, con suerte, escritas sobre el radicalismo y el socialismo, por caso.

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Como planteaba antes, no es mi punto aquí tratar de rescatar a populismo de las garras del sentido común. En efecto, creo que la distinción entre lo académico y lo periodístico (traducible muchas veces como el “sentido común” propiamente dicho) debe ser reinterpretada largamente, al menos en lo que a populismo refiere. La cuestión es analizar, aunque más no sea someramente, la potencia que pueden tener ciertas aristas que se han estabilizado en la discusión sobre esta noción. Pienso que concebirlo como un lugar y como  producto de la decisión de una sola fuerza política provoca que, lejos de desafiar la comprensión de los procesos sociopolíticos, se tienda a (y se contribuya a) forjar simplificaciones y reducciones que condicionan dicha esa comprensión.

Dicho esto: creo que el populismo debe ser pensado como una lógica política. Más precisamente: populismo puede ser pensado como una forma entre muchas otras de constitución de identidades políticas. Concebirlo de esta forma ayuda –y esta es mi manera de verlo- a entender que tal cosa -el populismo en tanto lógica identitaria- no es decisión de un actor de carne y hueso. No es un producto que uno compra en una góndola de supermercado al precio que las condiciones históricas promueven. No es una “estrategia” electoral, mucho menos económica o discursiva. Populismo es una lógica y, como tal, supone entender que se produce en un juego, obviamente simbólico, en el que participan una pluralidad de actores, en el que se mezclan identidades previas, se destruyen límites sedimentados, aparecen nuevos. Nada de eso se da de modo puro. No hay acontecimiento y tampoco hay continuidad total. Los modos puros son absurdos analíticos.

Populismo es un hecho social que, como todo lo social, es político.

Se piensa normalmente en las antítesis que reporta los fenómenos caracterizados de este modo. Y eso forma parte de la sinonimia de la que hablamos antes. Populismo es, para muchos, anti-democracia, anti-liberalismo, anti-republicanismo, anti-institucionalismo. No se piensa tan normalmente en dos últimas cuestiones que quiero señalar. Primero, en la peculiaridad que porta el término en cuestión: pues siempre tiene un referente normativo externo que lo explica (democracia, por ejemplo). De este modo, cuando analizamos un proceso sociopolítico que no alcanza los estándares democráticos normativos predeterminados pero que, a su vez,  tampoco alcanza los valores de un fascismo o nazismo a la letra, lo llamamos, sin más, “populista”. Así es que pueden caer en la misma bolsa un director de Sociedad de Fomento de Laferrere o Donald Trump. Segundo, y, como resultará obvio, pienso que es más productivo pensar las formas en que el populismo tensiona y se imbrica con aquellos ideales normativos, en vez de verlos ya de antemano como puros polos opuestos.

No se trata entonces de clausurar una discusión con una nueva definición de populismo. El lector no la encontrará aquí. Se trata, antes bien, de abrirle tajos a ese debate, de hacerlo molesto para la siempre cómoda y tramposa comprensión binaria de lo político. No digo que “populistas somos todos”. Pero si populismo va a definir tanto un modo de concepción comunitaria como la forma en la que pisamos las baldosas de la vereda, debemos mirarlo como un fenómeno mucho más amplio que el de una fuerza política a la que potencialmente detestamos. Si lo vemos así, quizás podamos discutir que populismo no es una decisión o una actitud de un Presidente o un Primer Ministro. Populismo es un hecho social que, como todo lo social, es político.

Julián Melo

Julián Melo

LICENCIADO EN CIENCIAS POLÍTICAS Y DOCTOR EN CIENCIAS SOCIALES (UBA). INVESTIGADOR ADJUNTO DEL CONICET (IDAES-UNSAM) Y DOCENTE DE LA UNSAM.

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