El hombre que se mata

Un hombre se suicidó ayer luego de ser deportado por tercera vez de Estados Unidos. ¿Quién se hace cargo del hombre que se mata? ¿A quién le importa su vida?

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Con su sonrisa y sus ganas de vivir, con su viejo bolso con poquita ropa, él quiso hacerlo. Su mujer, si es que la tenía, había llorado. Su hija, si es que la tenía, le había dicho: No te vayas papi. Pero él, igual, arrancó. Se sentó en la cama, se puso sus viejas Nike, y caminó hasta la puerta de su choza. Se dio vuelta, como un general que parte a la guerra, y saludó a su mujer y a su hija con lágrimas en los ojos. La única frontera – pensó – es la que te aleja de casa.

Fue un largo trayecto. Alcanzó para recordar, con un Marlboro en la boca y un sombrero en la cabeza, las fiestas en la taberna de Carlos. Alcanzó para recordar tequilas y noches de amigos. Alcanzó para recordar las charlas en el almacén de Doña Marta, su madre. Con la camiseta de su querido América de México en el pecho, siguió su camino. Iba a buscar trabajo. Y la posibilidad de que alguien, por una vez en la vida, le dijera: Sí, José, tu vales, tu vales mucho.

Tras la cerca, el país añorado se extendía como un huevo frito ante sus ojos. Allí habían ido también sus viejos amigos: Pedro y Damián, el Rulo y Juan Ramiro. Y allí había ido también él. Dos veces. Pero lo habían mandado de vuelta a casa.

Y ahora, ¿qué haría allí? Buscaría un trabajo, conseguiría algunos dólares, se quedaría con unos poquitos. El resto, los enviaría a su mujer y a su hija.

Probablemente, pensaba, tendría a un jefe chingado. Probablemente, pensaba, pasaría algo de hambre y de frío. Probablemente…pensaba.

Caminó. Maldijo un poco a todos. Al final, echó una sonrisa: “Moisés caminó más por el desierto” -. Todos buscan una tierra prometida. Aunque él ya no creía demasiado en las promesas.

Pasó la frontera y consiguió un lugar. Vivió mal, buscó trabajo. Quizás, alguna vez, asediado por el hambre, tuvo que robar una barra de pan y, porque no, una cervecita. California no era su casa. Y se lo hicieron saber.

Mexican go home, dijo un oficial, y lo llevó hasta la frontera.

Era la tercera vez.

La vida, pensó, no tiene sentido.

Ayer se acercó al puente fronterizo de San Ysidro y pensó en el paso hacia Tijuana. Se quedó ahí. Pensó en su mujer – si es que la tenía – y en su hija – si es que la tenía-. Después, se tiró barranca abajo. Ya no pudo pensar en su vida. Se la habían robado. Ya no la tenía.

 

Mariano Schuster

Mariano Schuster

Jefe de Redacción de La Vanguardia y editor en Nueva Sociedad (www.nuso.org). Es columnista del suplemento ideas del diario La Nación y colaborador de Panamá Revista.

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