El problema del conocimiento socialmente útil: ¿puede la ciencia resolver el hambre?

En un artículo anterior hicimos referencia a nuestro modelo de “innovación”, hoy analizaremos el problema la generación de conocimiento útil para resolver grandes problemas de nuestra realidad.

Se desarrolla el XVII Simposio Internacional sobre enfermedades desatendidas, organizado por la Fundación Mundo Sano y el Instutituto de investigaciones Epidemiológicas, en la Academia de Medicina, durante los días 24 y 25 de Agosto, en Buenos Aires, 24 Agosto 2015.  Mundo Sano. Foto: Ricardo Ceppi

Generar una ciencia nacional, que sea útil y no gaste recursos en cuestiones superfluas. Una ciencia que cure el cáncer, el Chagas, que se preocupe por los problemas que tenemos. Nuevamente aquí los discursos vuelven a chocar con la realidad, con la particularidad de que son enunciados inclusive por la misma comunidad científica (otro punto interesante, es el de la autopercepción de los investigadores sobre la utilidad del conocimiento producido por ellos mismos).

Nuestro país produce grandes cantidades de conocimientos asociados a problemáticas específicas, si quisiéramos tomar como ejemplo el Chagas nos encontraríamos con una gran producción de conocimiento asociada a esta enfermedad, tanto básica como aplicada. Sin embargo, cuando se observa si esos resultado de alguna u otra forma derivan en una mejora con respecto al combate contra la enfermedad nos encontramos con que ese “impacto” dista de ser proporcional con la cantidad de recursos e investigadores asociados directamente a la problemática.

Una buena forma de entender por qué se investiga sobre un tema pero no se “encuentran” soluciones, reside en el denominado Conocimiento Aplicable No Aplicado (CANA), concepto acuñado por  los argentinos Hernán Thomas y Pablo Kreimer, y el cual se refiriere a todo ese conjunto de conocimiento generado por investigadores en asociación a un problema determinado, pero que nunca son puestos en práctica para la resolución del mismo.

No debemos generar un sistema científico que este al 100% resolviendo los problemas que nos rodean, pero aquellas investigaciones que se proponen resolver un problema deberían estar lo más cerca posible de hacerlo.

La Argentina tiene una larga tradición en la generación de CANA, por lo que resulta interesante observar por qué ocurre este fenómeno. Si se toma como ejemplo nuevamente el caso del Chagas nos encontramos que muchos investigadores han abordado algún aspecto de la enfermedad. Sin embargo, el gran volumen de investigaciones no ha logrado traducirse en la tan añorada cura. Este fenómeno ocurre con el Chagas como con muchos otros problemas, donde el único producto visible son los papers o publicaciones científicas. Por lo que la cuestión aquí no reside únicamente en querer trabajar sobre un problema para resolverlo, reside también en como el investigador cree que ese problema puede ser resuelto.

Por lo tanto, cuando se piensa en un problema desde el punto de vista “académico”,  la forma en la que los investigadores abordan un problema de conocimiento resulta un aspecto fundamental para esta discusión. Esto es básicamente cómo un investigador cree que hay que resolver dicho problema y si el mismo es considerado como un hecho “científico”. Cuando se observan problemas de importancia nacional -en muchos casos asociados a la exclusión social- muchas cuestiones no son vistas como un problema a resolver por los científicos. De esta forma, cuando pensamos en la problemática del Chagas la asociamos a la figura del científico en el laboratorio, desarrollando vacunas y medicamentos, pero suele pensarse escasamente en que tal vez la solución este más vinculada a trabajar en mejorar la calidad de las viviendas y generar trabajo a nivel comunitario, involucrando a los habitantes en la mejora de sus condiciones de vida. ¿Es esto que acabo de nombrar un problema de conocimiento? ¿Genera legitimidad en la comunidad científica? ¿Me permite publicar en revistas importantes? ¿Me van a financiar desde los organismos de I+D? Estas preguntas no son menores, porque lo que se define como ciencia, como problema, determina las dinámicas de funcionamiento del sistema científico y sus actores.

Esta tensión entre el investigador y la definición del problema permite observar varios hechos. En primer lugar, siempre existe un proceso de apropiación del conocimiento y el mismo va a estar dado por la forma en la que ese conocimiento se construye. En gran parte de los casos quien termina por apropiarse fuertemente es el mismo investigador, para de esta manera continuar permaneciendo en el sistema científico. No debemos generar un sistema científico que este al 100% resolviendo los problemas que nos rodean, pero aquellas investigaciones que se proponen resolver un problema deberían estar lo más cerca posible de hacerlo.

Por otra parte, si bien gran parte de las investigaciones se pueden proponer resolver alguna problemática para un grupo social determinado, la participación de los involucrados suele ser escasa. Entonces cabe preguntarse, ¿Cómo puede un investigador resolver un problema sino trabaja con quien va a ser el destinatario de lo que genera? Se vuelve necesario en nuestro país repensar las formas de hacer ciencia y de involucrar a los potenciales beneficiarios, de esta forma se simplificarían muchas cuestiones y se pensarían soluciones reales a problemas reales.

Nuestro país tiene una característica muy común a lo largo del tiempo y es que, al igual que gran parte de la región, hay un alto nivel de desconexión entre las políticas explicitas e implícitas.

Amilcar Herrera, investigador y pensador argentino, trabajó muchas de estas problemáticas varias décadas atrás y generó un concepto: política científica explicita e implícita. La primera refiere a la forma en la que un gobierno expresa sus intenciones respecto de los objetivos que busca con la política científica, a su vez diagrama políticas e instrumentos y programas, como han sido el Plan Argentina Innovadora 2020. En este contexto, la política explicita probablemente haga referencia a “ciencia y tecnología para el desarrollo”, ciencia y tecnología para la inclusión, o frases similares. Esa política explicita a su vez es tomada y replicada por miembros del sistema científico, de esta forma las política explicitas construyen discursos, imaginarios, prácticas sobre lo que se supone que es la política científica.

La política implícita es lo que “realmente ocurre”, esto quiere decir cuáles son las prácticas y resultados de las investigaciones en nuestro país. Es lo que muchas veces se mide con los famosos “indicadores”, tales como publicaciones, número de investigadores, patentes. Nuestro país tiene una característica muy común a lo largo del tiempo y es que, al igual que gran parte de la región, hay un alto nivel de desconexión entre las políticas explicitas e implícitas.

Esto no quiere decir que la política implícita y sus resultados no sean de utilidad, pero si habla de un problema de suma complejidad a lo largo de nuestra historia de políticas de ciencia y tecnología, que es el de generar articulaciones para que las investigaciones “deriven” hacia la resolución de problemáticas o la generación de dinámicas de desarrollo. Resulta difícil plantear algunos debates en un país que ha mejorado de manera sustancial mucho de sus indicadores científico-técnicos, y que sin duda debe seguir haciéndolo.

Tomás Javier Carrozza

Tomás Javier Carrozza

Ingeniero Agrónomo y Magister en Agroeconomía por la UNMdP. Docente e Investigador de la UNMdP, se especializa en al estudio de las problemáticas sobre ciencia, tecnología y sociedad en la agricultura.

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