¿Puede Pedro Sánchez recuperar al PSOE?

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Las expresiones partidarias de la socialdemocracia europea parecen estar sumergidas en una crisis de la que no pueden salir. A su ya indiscutido declive electoral, se le han sumado una serie de expresiones de corte nacionalista –muchas de ellas lisa y llanamente xenófobas- que han erosionado su base electoral y disputado sus banderas históricas en un tono marcadamente reaccionario. El agotamiento del modelo adaptativo y pragmático del social-liberalismo, cuya más (tristemente) célebre expresión representó el New Labour de Tony Blair, parecía arrastrar consigo a los partidos socialdemócratas a pleno. Sin embargo, y por fortuna, esto no parece ser así. Al resonante triunfo del pintoresco Jeremy Corbyn a la cabeza del Partido Laborista en el Reino Unido se le ha sumado en estos días la sorprendente victoria de Benoît Hamon como candidato presidencial por el socialismo francés. Ambos surgen como emergentes, hasta cierto punto inesperados, de cierto descontento de las bases militantes, pero que, de un modo u otro, fue canalizado dentro de los propios partidos. En España parece estar ocurriendo un proceso similar, con la particularidad de que quien encarna dicho proceso no es ni más ni menos que el último Secretario General electo del PSOE: Pedro Sánchez.

Pedro Sánchez: del que nadie esperaba al que nadie quería

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Sánchez es una figura peculiar. Ganó notoriedad pública casi al mismo tiempo que fue electo Secretario General de su partido, prácticamente sin antecedentes de relevancia (había sido diputado por renuncia entre el año 2009 y el año 2011 en un bloque de 169 diputados) pasó sin escalas a la cumbre del Partido Socialista Obrero Español. Si bien fue electo por la militancia por un amplio margen, su candidatura contó con el apoyo del “aparato partidario” para neutralizar a otro dirigente joven, de mayor prestigio y notoriedad, como lo era el bilbaíno Eduardo Madina. Eso llevó a que Pedro Sánchez conviviera con la tensión de ser el candidato de la militancia, que lo había electo con más de 40 mil votos, y, al mismo tiempo, ser una especie de “candidato títere” de la vieja guardia partidaria.

Pedro Sánchez convivió con la tensión: era el candidato de la militancia y un candidato títere de la vieja guardia.

Tras el desenlace catastrófico del hasta entonces correcto gobierno socialista de José Luis Rodríguez Zapatero en el año 2011, el PSOE se sumió en una profunda crisis: era incapaz de explicar las causas de la debacle económica de la que había sido víctima y, a causa de ello, se mostraba sumamente errático para ejercer oposición bajo las órdenes del gris Alfredo Pérez Rubalcaba, frente a un Partido Popular con mayoría absoluta y grandes márgenes de acción para acometer con los ajustes macroeconómicos exigidos por la UE. Pedro Sánchez heredó ese partido languideciente y sin demasiadas fortalezas propias más allá de su legitimidad de origen como Secretario General.

Subestimado por propios y extraños por su pose de modelo publicitario y discurso acartonado, Sánchez comenzó a demostrar cierta vocación de poder y, lo que es peor, cierta voluntad de autonomía frente a sus padrinos políticos en las sombras. Eso le fue granjeando algunos enemigos internos a medida que levantaba su perfil y demostraba no temblarle el pulso para tomar decisiones. Ni su aspecto de figurín ni las consignas efectistas de la campaña del PSOE le permitieron a Sánchez salvar al partido de su peor resultado electoral en su historia (22,63% de los votos y 85 escaños). Sin embargo, ninguna fuerza política consiguió mayoría propia para investir a su propio candidato presidencial y el PSOE pudo preservar el lugar de segunda minoría frente al ascendente Podemos. El fracaso del PP para lograr los apoyos necesarios para renovar en su cargo a Mariano Rajoy convirtió a Pedro Sánchez, de forma inesperada y fortuita, en potencial candidato a la presidencia de mediar los acuerdos necesarios entre una multiplicidad de fuerzas. Ese acuerdo no fue posible tras una prolongada ronda de negociaciones, trascendidos y demás condimentos, y forzó al llamado a unas nuevas elecciones.

En ese proceso Pedro Sánchez ganó nueva notoriedad e intentó, sin éxito, apostar a una ‘gran coalición’ contra el PP que aunara a la fuerza de centroderecha Ciudadanos, liderado por el catalán Albert Rivera, con la izquierdista Podemos, liderado por Pablo Iglesias, con el PSOE como eje vertebrador. Los recelos entre los potenciales aliados y la propia desconfianza de Sánchez frente a sus interlocutores -en especial con Iglesias- fueron los obstáculos concretos que obturaron la posibilidad de constituir una mayoría. Sin embargo, ya se hacían ostensibles los connatos de resistencia dentro del PSOE frente al liderazgo de Sánchez, pero que hasta ese momento había logrado contener con éxito.

Distinto fue el escenario de las nuevas elecciones, no tanto por los resultados, que se mantuvieron prácticamente incólumes (con un leve crecimiento del PP, pero todavía incapaz de constituir una mayoría propia), sino por las expectativas de los actores partidarios. Frente a la presión de algunos dirigentes por habilitar, mediante abstención, que el Partido Popular formara gobierno, Pedro Sánchez se mostró irreductible en su postura: “No es no”. Y, como ya había ocurrido en otras oportunidades dentro del PSOE (como con Josep Borrell o Alfonso Guerra), las rebeldías se pagan caras. Enfrentado a la vieja guardia que lo había ungido -con Felipe González a la cabeza azuzando por los medios que Sánchez lo “había engañado” prometiendo la abstención- y erosionado por los barones territoriales que resistían desde largo tiempo su ya débil liderazgo se vio forzado a dimitir.

“El guapo” y “El niño”

pedro-sanchez-1440x808Tras la renuncia de Sánchez se conformó una gestora comandada por el asturiano Javier Fernández, y bajo la tutela de los barones, que se encargaría de la conducción partidaria hasta la convocatoria a una nueva instancia orgánica para elegirá autoridades. A pesar de la férrea postura abstencionista una serie de diputados leales a Sánchez se negó a votar la investidura de Rajoy, aún bajo amenaza de sanciones, agudizando la crisis interna ya inocultable. Pedro Sánchez optó por el bajo perfil, mientras la conducción interina ajustaba cuentas con los díscolos -en particular con el Partido Socialista de Cataluña- y diseñaba una estrategia para la renovación de autoridades.

Tras la renuncia de Sánchez se conformó una gestora comandada por el asturiano Javier Fernández, y bajo la tutela de los barones

Frente a la abstención partidaria, leída por muchos como una claudicación imperdonable, y las dificultades para construir desde allí un perfil opositor, el PSOE comenzó a vivir un proceso de agitación interna promovido fundamentalmente desde las bases militantes. Esos movimientos que parecían aislados y descoordinados fueron sistemáticamente subestimados por la conducción partidaria. Pedro Sánchez, golpeado por el putsch interno, optó por dosificar sus apariciones públicas, pero comenzó a lanzar mensajes más o menos explícitos en cada caso de su voluntad de competir por la Secretaría General nuevamente. Esto generó que muchos de los espacios autoconvocados de la militancia comenzaran a levantar su nombre como símbolo de lucha frente a la gestora y, muy especialmente, al poder en las sombras y enemiga acérrima de Sánchez dentro del partido, la presidenta autonómica andaluza Susana Díaz.

En este escenario, Pedro Sánchez logró reinventarse. Del equilibrista candidato, renuente a las definiciones altisonantes, se transformó en el líder de un movimiento que clama por un PSOE “autónomo y de izquierdas”. De la tutela de los barones y la vieja dirigencia pasó a ser el candidato de la militancia y a ser arropado por un grupo de dirigentes con un perfil marcadamente de izquierda que incluye desde los diputados leales al “No es no”, como Odón Elorza o Susana Sumelzo, hasta al histórico dirigente José Pérez Tapias, incluso la díscola Beatriz Talegón (célebre por su discurso incendiario en la Internacional Socialista) ha manifestado su apoyo. Mientras tanto la gestora busca construir candidaturas para competir con la base de Sánchez, como la del exlendakari Patxi López, a la espera de que Susana Díaz se decida a ser parte o no de la contienda. Además, intenta condicionar lo más posible la autonomía del Secretario General que pueda ser electo. Para esto han conformado una comisión de 230 miembros para redactar las ponencias a partir de las cuales discutirá el Congreso, con algunos intelectuales de prestigio como Ludolfo Paramio o José María Maravall, pero controlado plenamente por los sectores opositores a Sánchez con Eduardo Madina a la cabeza.

Pedro Sánchez logró reinventarse. Del equilibrista candidato se transformó en el líder que clama por un PSOE “autónomo y de izquierdas”

Mientras se dirimen las reglas del juego y los jugadores que participarán de la contienda del PSOE, Sánchez mira de reojo otro proceso: las elecciones que llevará adelante Podemos en esta semana. La antipatía entre Sánchez e Iglesias, así como las presiones dentro del propio PSOE, habían exacerbado los rasgos anti-podemitas del entonces mandamás del socialismo español durante la contienda electoral. Sin embargo, en esta nueva faceta, Sánchez ha cambiado su discurso y observa con mucha atención al disidente principal de Iglesias: Iñigo Errejón. Errejón siempre mostró un perfil más dialoguista frente al PSOE y, según trascendidos, se mostraba más predispuesto en su momento a apoyar la investidura de Sánchez. Frente al desafío que Errejón está planteando al hasta el momento indiscutido “número uno” de Podemos, Sánchez no ha perdido el tiempo y ha expresado públicamente a modo de guiño: “Creo que el Podemos de Errejón sí se entendería con el PSOE de Sánchez”.

El escenario todavía es incierto, pero tal parece que “El Niño” y “El Guapo”, como los apodan despectivamente sus detractores, parecen la esperanza de la golpeada socialdemocracia española. En un sistema que ya no parece habilitar mayorías absolutas monocolor, el tiempo de las coaliciones y el diálogo requiere de dirigentes a la altura de las circunstancias. Esta tesis la viene abonando desde hace largo tiempo el agudo politólogo Ramón Cotarelo, quien hace unos meses sentenció: “Cada vez se ve más claramente una formación de izquierda, compuesta por gentes desgajadas del PSOE y de Podemos. Sería una oferta con un inmenso tirón electoral. La votarían todos los desengañados de la política de las otras izquierdas. Millones.” Parece que Sánchez apuesta a esto, pero todavía tiene un largo trecho por delante.

 

Fernando Manuel Suárez

Fernando Manuel Suárez

Profesor en Historia (UNMdP) y Magíster en Ciencias Sociales (UNLP). Coautor de "Socialismo y Democracia" (EUDEM, 2015). Es editor de La Vanguardia Digital.

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