Bombas, antrax, policías y todo lo demás.

 

Plaza de Mayo. 20 de Diciembre de 2001. NO ARCHIVAR / Uso autorizado Únicamente para la difusión de la muestra 19 y 20, a realizarse en diciembre de 2011 por ARGRA FOTO DANIEL BACA/ FOTOTECA ARGRA

Las conmemoraciones evocan siempre el pasado, aunque no necesariamente para reivindicarlo. También pueden condenarlo o simplemente intentar encontrarle un sentido en la trama continua de la historia, ya sea lejana o reciente. La primera imagen fuerte que recuerdo del 19 y 20 de diciembre del año 2001 en Argentina es, en este sentido, una evocación mediada: es la noche del 19 de diciembre del año siguiente frente al televisor en el living de la casa de mi madre, todas las luces apagadas. Un especial del canal Telefé reproducía las, tantas veces repetidas luego, cargas de la policía montada en la Plaza de Mayo de la Capital Federal, las corridas, los gritos, la sangre, los piedrazos, el helicóptero con el ex presidente De la Rúa tomando altura. Solo frente al aparato (todavía no era lector de periódicos, salvo el santafesino El Litoral, preferentemente en la sección deportiva o de noticias internacionales) observaba algo que era ya historia, pero historia presente. O, en los términos de François Hartog, un acontecimiento del presentismo, aquel régimen de historicidad predominante a fines del siglo XX y principios del siglo XXI que implica que aquel tiempo ejerza una imbatida hegemonía sobre las percepciones del pasado y las expectativas del futuro.

En ese 2002 la idea de que se estaba viviendo una crisis no había cejado. Por aquellos días, recién terminaba los estudios secundarios en el colegio jesuita de la ciudad de Santa Fe, el cual se preciaba pretenciosa y tradicionalmente –no lo sé hoy día– de “formar hombres para los demás”, tal el lema que nos repetían como un mantra (incluso a los estudiantes ateos y no bautizados, como era yo, que no creíamos ni en Dios ni en el lema). Eran jornadas de calor saeriano, pero lo importante era encontrar una pileta y jugar al fútbol de día, para después leer fresco durante la noche (para mi relativo horror actual, estaba terminando La gesta del marrano, de Marcos Aguinis, pero recuerdo que me gustó). La economía familiar venía en caída desde hacía varios años, aunque con un crédito mis padres (ya separados) habían comprado una casa confortable. Estaba obsesionado por entonces con el terrorismo internacional: miraba por la CNN los bombardeos nocturnos de la coalición encabezada por Estados Unidos en Afganistán y había realizado junto a otros compañeros una monografía para el bachillerato que versaba sobre el tema. Mi experiencia del 2001 no incluía plazas ni corridas, pero la política que se respiraba discurría en gran medida por el gobernador peronista Carlos Reutemann: sonaba como candidato a presidente luego de su segundo mandato y la policía provincial había asesinado a un militante social cerca de Rosario (ahora conocemos mejor el nombre de Pocho Lepratti), por lo cual se lo responsabilizaba. Las escenas de la TV en diciembre de 2002 omitían en general lo que había sucedido un año antes fuera de Buenos Aires.

La política que se respiraba discurría en gran medida por el gobernador peronista Carlos Reutemann: sonaba como candidato a presidente. La policía provincial había asesinado al militante social Pocho Lepratti, por lo cual se lo responsabilizaba.

Ese contexto fue, en un sentido amplio, mi primer contacto más o menos superficial con la política y el nacimiento de mi interés por ella. Bombas y peligro de cartas con ántrax afuera; palos, sangre, marchas y cuasi-monedas en el país. Había sido un año de casi presente continuo. Al cumplirse ese primer aniversario de los hechos de la Plaza de Mayo, yo sin embargo debía tomar decisiones. En el inminente 2003 votaría por primera vez. Nacido así un año después de la democracia reconstruida en 1983, los tiempos del conflicto político en Argentina me convertían en ciudadano activo. Pero en medio de tanta incertidumbre generalizada, yo abrigaba sin embargo una certeza: iba a estudiar Licenciatura en Historia en la Universidad Nacional del Litoral. En ese momento era un escape y también una pasión. Todavía no sabía que, en medio de ese clima, la Historia me iba a acercar mucho más a mi interés por la política. Parafraseando al maestro Darío Macor –recordado por un amigo querido–, lo que pude elegir lo hice con libertad, que nunca es mucha ni la que uno quiere. Ahora 2001 ya ingresó a esa Historia y no parece formar parte de aquel presentismo. En ese momento no podía saber que algunas inflexiones colectivas son también el fondo de sentido de innumerables caminos individuales.

Francisco Reyes

Francisco Reyes

Licenciado en Historia (UNL) y Doctor en Ciencias Políticas (UNR). Docente en la Universidad Nacional del Litoral e Investigador del CONICET.

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