El fin del mundo

I

Al 20 de diciembre de 2001 lo estuvimos deseando. Algunos lo esperaban desde la hora cero del menemismo, contando con que algún día el Pueblo Argentino con mayúsculas sacudiera el yugo del consumismo dolarizado y se levantara contra el neoliberalismo. Otros lo preveían desde el efecto Tequila, cuando la convertibilidad se estancó y sobrevivió a costa de acumular deuda, retraso cambiario y desempleo, parte del cual ya se asomaba de las catacumbas en forma de piquetes en Plaza Huincul y Cutral Có. Otros lo temían desde la asunción del nuevo gobierno no peronista, empeñado en mantener la política de ajuste sin contención social del anterior, pero sin gobernadores, diputados, ni sindicatos aliados. Finalmente, otros lo esperaban desde mayo de 2001, cuando el gobierno ya no fue capaz de endeudarse ni recortar gastos dentro de un cuadrante de racionalidad.

Al diciembre de dos mil uno lo anhelaron secretamente los intelectuales nostálgicos de la plaza llena, pero también los sojeros e industriales ansiosos por un tipo de cambio más competitivo; la izquierda dura para salir a romper todo, pero también el peronismo tory para reconstruirlo a su modo. Secreta o abiertamente, casi todos soñábamos al 20 de diciembre. Hasta que ocurrió.

II

Marianne Schnitger, esposa de Max Weber, cuenta en sus memorias que al declararse la Primera Guerra Mundial sintió una liberación, sentimiento sólo comprensible desde las vísperas de agosto de 1914 y no desde el infierno que conocemos cien años después. Para una generación, la nuestra, la de los que no conocimos el terrorismo de Estado ni la guerra de las Malvinas, los que vimos la hiperinflación del ‘89 con ojos de niños, empalmamos las agridulzuras del menemismo con las de la adolescencia y salimos a la vida cívica con la abulia recesiva de los noventa tardíos, de alguna manera, el 2001-2002 fue nuestra Primera Guerra Mundial. Una liberación atroz, un trauma de origen: Victoria Donda quemando un sillón en la explanada del Congreso de la Nación y Pocho Lepratti desangrándose en el techo de un colegio, piquetes, cacerolas y grupos armados disparando a lo que sea, vecinos saqueando al almacenero del barrio y soviets en las esquinas adoquinadas de Caballito, el libro de Toni Negri en la mochila y el stencil de Bin Laden cogiéndose a Bush. El instante mágico, pre hobbesiano, en que todo es posible, incluso aquello que más tememos.

Porque diciembre de 2001 fue un comienzo de siglo, un nuevo reseteo de la Historia Argentina, siempre en staccato. No se fueron todos pero muchos se reconvirtieron: el ya veterano Rodríguez Saa recibiendo a las Madres de Plaza de Mayo y luego declarando alegremente el default con el aplauso del Congreso fue un buen prólogo. Luego de aquel verano del fin del mundo el gobernador cavallista Néstor Kirchner abrazó el populismo progresista, y el empresario contratista junior Mauricio Macri se volvió un referente del republicanismo liberal. Igualmente significativos fueron los cambios de elencos por abajo del Estado: Moyano, viejo cegetista rebelde, se transformó en garante de gobernabilidad por una década. Los dirigentes piqueteros, luego de la reunión con Aníbal Fernández sobre los cadáveres aún tibios de Kosteki y Santillán, tuvieron su silla en toda mesa oficial hasta la fecha.

Diciembre de 2001 fue un comienzo de siglo, un nuevo reseteo de la Historia Argentina,

El fin de la Convertibilidad parió también un nuevo capitalismo argentino: soja para el mundo, barrios privados sin crédito hipotecario, industria de hojalata para dar empleo y un avance plebeyo de almacenes, manteros y supermercados chinos sobre los grandes hipermercados, aprovechando al nuevo consumidor estratégico y endurecido por la crisis. En la llanura de la sociedad civil el dos mil uno abrió un Jubileo alimentado tanto por la culpa de las dirigencias que sabían perfectamente quién pagó la recuperación de aquella crisis, como por una ciudadanía mansamente irredenta que cambió las asambleas por un consumismo igualmente impertinente, que se acostumbró a acampar donde quiera, manejarse con efectivo sin ticket, evadir como pueda a ese Estado enemigo, y salir a coparle la parada con una cacerola en la mano o un pañuelo palestino en la cara.

La historia no está ni mal ni bien, simplemente ocurre.

III

Ya pasaron 15 años desde aquél diciembre. Todos somos más viejos. Algunos nacieron después y ya preguntan por aquello. Queda el relato, los videos de Youtube, pero también esa mezcla de esperanza y miedo. Toda una generación traumada que apenas digirió el pavor de esos días pero no renuncia a la fantasía de un helicóptero sobrevolando Casa Rosada ante cada gobierno que no le guste. A la Primera Guerra Mundial le siguió una Segunda. Y las dirigencias lo saben. El gran aporte del kirchnerismo, junto a la política científica y la reanimación de los Derechos Humanos, fue ese robusto cinturón de acero con el que contuvo al 20% de pobreza estructural que sembró el 2001 y que escapa a cualquier radar. La Línea Maginot de asignaciones y punteros que el macrismo hereda y conserva más animado por el temor que por la convicción.

El 20 de diciembre de 2001 yo tenía que dar un examen final. El día que renunció Rodríguez Saa cumplí 23 años. El día que asumió Duhalde me fui de vacaciones con mi novia. Desde alguna anodina FM de la Costa Atlántica escuché la devaluación asimétrica y el ataque de las fuerzas norteamericanas a los talibán en el valle de Shahi-Ko. Mi familia estaba quebrada, el mundo se iba adorablemente a la mierda pero yo era feliz. Por la tarde fui a nadar. Aquella guerra terminó, la crisis se superó y ese verano ya son sólo fotos que nadie mira.

El 20 de diciembre de 2001 yo tenía que dar un examen final. El día que renunció Rodríguez Saa cumplí 23 años. El día que asumió Duhalde me fui de vacaciones con mi novia.

Si existe algo como una memoria universal, un disco rígido externo a los átomos y la sucesión de los días, en alguna dimensión sigo estando para siempre en esa playa ese verano. Como una parte de nuestros miedos y esperanzas sigue estando en aquél diciembre de 2001 que no quiere terminar.

Alejandro Galliano

Alejandro Galliano

Licenciado en Historia y periodista. Es co-editor de Panamá Revista y colaborador de revista Crisis. Se desempeña como dibujante bajo el seudónimo de Bruno Bauer. En twitter es @bauerbrun.

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