A 11.129 kilómetros de casa

Lo del demos (pueblo) al kratos (poder) resulta un idealismo más que una intención de definición de un estado civil. El poder es del pueblo únicamente durante la revolución. Y ni siquiera de esas donde rodaban cabezas reales, con una revuelta social, hoy es suficiente.

Diciembre de 2001 me encontró viviendo en Inglaterra, a pocos días del atentado a las Torres Gemelas en Nueva York, subí prácticamente sola a un British Airways que me dejó en el aeropuerto de Gatwick. Alojada en la casa de mi amiga Alejandra, estábamos al tanto de lo que ocurría en Argentina a través de nuestras familias y las noticias en Internet. Cuando ocurrió la hecatombe económica y social, nos desmoronamos moralmente. Pensamos en volver: “Quédense ahí”, nos dijeron nuestras madres. Todo se desdibuja a la distancia, se magnifica. Durante cinco días seguidos, la BBC, Channel 4 y un largo etcétera, ponían en primera plana de sus medios gráficos, televisivos, radiales el desmadre argentino. Cada día compraba en papel diferentes diarios donde retrataban horribles fotos de saqueos, muertos en las calles (uno de tantos, el de Avenida de Mayo y Tacuarí, a metros de una redacción donde había trabajado años atrás, fue el shock más fuerte saberme pisando esa misma vereda…), bancos tapiados. La señora pakistaní del shop donde compraba los periódicos (que conservé mucho tiempo) me preguntaba cada día por mi familia, que cómo estaban, si habían podido sacar la plata de los bancos. Palabras y conceptos espantosos se sucedían: golpe civil, peronismo, estado de sitio, huida en helicóptero de De la Rúa, renuncia de Cavallo, Duhalde, eliminación de superpoderes. Las imágenes no podían ser las que veíamos: un señor gordo con gesto adusto corriendo abrazado a un televisor gigante, gente cargando medias reses de un camión caído, personas golpeando las puertas de los bancos, plan de ajuste, endeudamiento, la siempre presente represión policial, el eterno fantasma militar, entre medio niños que imaginarían un gran juego mientras los adultos corrían de un lado a otro. Y todos esos presidentes…

Es menester que el pueblo asuma su propia liberación aunque nada hay que imponer: ni siquiera el socialismo, hay que provocarlo. El proceso constructivo de la revolución no son esos días negros de fin de año en 2001, es la educación, la única verdad que nos liberará.

Como dignas locales y ya hechas al folklore, esos helados 19 y 20 de diciembre, con Alejandra debatíamos pensativas en el pub (¿dónde más?, todo se decide en el pub) mientras quienes nos rodeaban preguntaban de dónde éramos, qué acento tan particular, creían que Ale era una mezcla entre Jennifer López y Madonna, que yo era de Europa del Este (“una princesa rusa”, retrucaba divertida). “De Argentina”, contestábamos. “Oh, cuánto lamentamos lo que ocurre en vuestro país, ya saldrán adelante, siempre lo hicieron”, repetían todos. De repente, los ingleses nos tenían más fe que nosotros mismos. Dejé Inglaterra. Al tiempo ocurrió el atentado en el metro, me fui a España y antes de su quiebre económico, volví a Buenos Aires. Fui dejando bombas.

Retomo los conceptos de revuelta social y revolución. Porque cuando el pueblo es oprimido, se expresa. ¿Que nunca resulta de la mejor manera? Preguntémosle al campesinado ruso de 1917. Pero esto no fue una revolución aunque sí cayó un mandatario presidencial: al argentino le habían tocado el bolsillo, por primera ¿única? vez la clase media tomó las calles, lugar prioritario del obrero. Limitan libertades desde el poder y creen que pueden. Es menester que el pueblo asuma su propia liberación aunque nada hay que imponer: ni siquiera el socialismo, hay que provocarlo. El proceso constructivo de la revolución no son esos días negros de fin de año en 2001, es la educación, la única verdad que nos liberará. Por una organización social sin jerarquización, por un sistema justo que establezca relaciones de coordinación y coexistencia. Y sin solidaridad no hay libertad que valga.

El demos al kratos, señores.

Lala Toutonian

Lala Toutonian

Periodista cultural. Trabaja en el reconocimiento del Genocidio Armenio. Escribe en Perfil, La Nación, Clarín y Playboy, entre otros medios.

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