Un recuerdo desde el Once

El 19 y el 20 de diciembre de 2001 me los pasé mirando tele. Hasta que llegué a la secundaria casi cualquier día importante para el resto del mundo me lo pasé mirando tele. Un poco nos debe haber pasado a todos, la infancia es medio así, medio un mundo aparte. Otro poco fue mi caso. Nací en una familia judía más o menos religiosa, en Chacarita, pero a los 2 años nos mudamos a Once y ahí me quedé hasta que me fui. Los judíos ortodoxos no somos como los judíos PC, no curtimos política, no sabemos nada. Tenemos hasta otro calendario; ese desfasaje a veces siento que está pensado a propósito, para evitar que los judíos se mezclen con el resto, que se involucren demasiado con las diásporas que habitan. Hasta hace muy pocos años en mi familia no festejábamos el año nuevo común. El 31 de diciembre de 1999, por ejemplo, lo pasé también mirando tele.

No puedo inventarme un relato épico de mirar tele. De hecho me da un poco de vergüenza contar esta no-historia pensando en los textos que probablemente la acompañen, de gente que sufrió, gente que bancó, gente que estuvo. Pero al menos nos dejaban mirar la tele toda la noche cuando no había clases. Así que el recuerdo que tengo es ese: seguir los acontecimientos con mis hermanas más chicas, que entendían todavía menos que yo. Yo había hecho ese año el curso de ingreso para entrar al ILSE y entonces tenía la historia argentina muy fresca. Les expliqué lo que era el estado de sitio y por qué era grosso que renunciara un ministro de economía, les conté del ‘Rodrigazo’, de la dictadura y que ahí no la habían visto por la tele, como nosotras, sino que la habían escuchado por la radio. Algo de que todo eso hubiera pasado antes me tranquilizaba. De todo lo que ya pasó nos salvamos. Quizá por eso lo que más me impresionó fueron los saqueos, la parte que no había visto nunca en ningún libro de historia. Hoy también lo pienso por otro lado, aunque en ese momento no se me cruzó por la cabeza de forma explícita. Ya lo dije, nosotras vivíamos en el Once. La mayoría de los papás de mis compañeros de primaria eran comerciantes. En el piso de abajo del nuestro vivía una familia china con la que teníamos mucha relación, comerciantes también. Algo de esa sensación de desamparo me debía tocar fibras más cercanas. Los negocios en el Once son como las casas de la gente. Ahí vas después del colegio, cuando tus amigos van a dar una mano, desde chicos, o buscar algo que te olvidaste en sus casas de verdad, o a comprar algo cuando necesitás, bombachas, sábanas, lamparones, sin descuentos, casi nadie en el Once le hace descuento a los amigos porque si no le tenés que hacer descuento a toda la clientela. De política no sabía nada pero ese mundo sí lo conocía. No tengo recuerdo de que mi mamá tratara de explicarnos nada esa noche. Quizás estaba de guardia. O quizás estaba pero no sabía qué decirnos y prefirió entretenerse escuchando la fruta que estaba mandándoles yo a mis hermanas. Recuerdo también conversar, no sé si en Messenger o ICQ, con una compañera que se había llevado los exámenes del curso de ingreso a marzo y tenía miedo de que le tomaran “esto” en el examen, porque teóricamente teníamos que llegar a la actualidad. Hoy me da risa que pensáramos que la historia se escribía así, en tiempo real, casi como si se desgrabara.

La figura de víctima tiene muy mala prensa. Quizás por eso los iluminados de clase media decidimos ubicarnos afuera de eso, en un lugar medio incómodo y medio inexistente de ni opresores ni oprimidos. Pero en ese sentido el 2001 nos pegó un cross a la mandíbula, incluso a los que no lo supimos ver.

Hasta hace muy poco pensaba que la crisis del 2001 no había afectado a mi familia de forma particular. No me ocultaron nada: yo sabía que mi tío se había quedado sin laburo, que había estado en la lona con su mujer y sus nenas y que así había emigrado a Canadá, y sabía que todo esto había pasado en 2002, pero nunca conecté. No tuve en mi cabeza la frase “mi tío se tuvo que ir por la crisis de 2001” hasta que se lo conté a alguien hace poquito y se me armó sola, in situ. Creo que tiene que ver con cómo me inicié yo en eso de pensar la política, de militar, de participar, una iniciación que compartimos muchos y muchas jóvenes progresistas de clase media. Empezás a leer a Marx en el colegio, a ir a marchas con los compañeros del centro de estudiantes, a cuestionarte algunas ideas o aspectos de tu vida desde un lugar que es caliente pero también es frío. Mi sensación es que en esas primeras lecturas nos identificamos más con los héroes, con las vanguardias, con el Che o con Rosa Luxemburgo, con quien sea, pero más con ellos que con las mayorías anónimas a las que quisieron liberar. La figura de víctima tiene muy mala prensa. Quizás por eso los iluminados de clase media decidimos ubicarnos afuera de eso, en un lugar medio incómodo y medio inexistente de ni opresores ni oprimidos. Pero en ese sentido el 2001 nos pegó un cross a la mandíbula, incluso a los que no lo supimos ver.

Una última anécdota: la única historia que mi abuela cuenta de la dictadura. Una tarde tocaron el timbre los militares de la casa de ella, creo que llegaron a subir. Venían a buscar a alguien, Ford Falcon verde, el circo completo, pero resulta que se habían equivocado, y se fueron. Mi bobe te lo cuenta con una mezcla de miedo y de confianza, segurísima de que si no hacías nada raro no podía pasarte nada, como si la violencia efectivamente respetara algún tipo de código. Como si la política solo pudiera tocar a tu puerta por error. Me imagino que para muchos 2001 fue el final de eso, la idea de que existía un afuera de política, una especie de segunda diáspora. Ni con otro calendario, ni aunque no festejes el cambio de milenio porque ya vamos por el 5700 y cuanto y hoy es un día como cualquier otro. Ni aunque tengas tu negocio de bombachas o tu supermercadito, o tu colchoncito en el banco y tu pasaporte europeo.

Tamara Tenenbaum

Tamara Tenenbaum

Licenciada en Filosofía y periodista. Es colaboradora en La Nación e Infobae, entre otros medios. Es subeditora en La Agenda y docente en Introducción al Pensamiento Científico en el CBC.

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