El desarrollo de la ciencia en la Argentina, CONICET y la gestión de los recortes

Nicolás Rodríguez analiza el impacto del recorte presupuestario en CyT y la situación del CONICET

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El pasado viernes 16 de diciembre, el CONICET publicó la nómina de ingresantes la carrera de investigador científico (CIC). Luego de meses de discusión, reclamos y marchas, se ha empezado a evidenciar la merma en la financiación de la actividad científica en nuestro país. Primero, durante el debate del Presupuesto para Ciencia y Técnica y, ahora, al concretarse el ingreso de solamente 385 investigadores al CIC contra más de 900 del año anterior. A esta reducción de ingresos -del orden de casi un 60% interanual- se le suma el hecho de que estos 385 ingresantes representan apenas el 25% del total de postulantes y, más grave aún, menos de la mitad de aquellos que fueron evaluados positivamente por las respectivas comisiones -874 en total-.

A raíz de esto, la comunidad científica se ha manifestado en los últimos meses y ha expresado su temor cierto de volver a viejas y tristes épocas, en las que el desarrollo de su trabajo se vio fuertemente condicionado por la falta de recursos, infraestructura y recursos humanos formados. En tal sentido, se han convocado movilizaciones en distintos puntos del país para protestar por esta situación, la principal de ellas se realizará en la sede del Polo Científico-Tecnológico sito en la calle Godoy Cruz 2320 de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires este lunes 19 de diciembre a las 11 horas.

El terrible recorte a los ingresos implica, en el corto plazo, que muchos grupos, centros e institutos verán coartada la continuidad de algunas de sus líneas de investigación. Además, el gran desfasaje entre la cantidad de doctores formados y el número de ingresantes a la CIC va a forzar a muchos científicos argentinos a emigrar, ya que la investigación y desarrollo privados en la Argentina son casi nulos. Esto es lamentable por el enorme contingente de profesionales formados que no podrán ser aprovechados en el futuro para beneficio del desarrollo científico nacional. También es preocupante que el Estado haya financiado la formación de miles de científicos para luego dejar su futuro librado al azar y, probablemente, a disposición de institutos u organizaciones extrajeras, lo cual demuestra una gran miopía con respecto a la lógica de largo aliento propia de la formación de recursos humanos altamente calificados y la inversión en desarrollo científico y tecnológico.

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Como es de público conocimiento, Lino Barañao (Ministro de Ciencia y Tecnología desde 2007) y Alejandro Ceccatto (Presidente del CONICET), lejos de denunciar esta situación, se han encargado de justificarla. Para ello, han afirmado que un país con 30% de pobres no puede destinar muchos recursos a la Ciencia, como para elevar a 15000 el número de investigadores para el 2020 (hoy hay un poco más de 9000), como se sugiriera en el plan “Argentina Innovadora 2020” redactado hace tan sólo tres años. También han señalado que el presupuesto del CONICET dedica un porcentaje muy elevado (95%) de su presupuesto al sueldo del personal, dejando un escaso margen a los gastos operativos.

Si evitamos ser arrastrados por miradas cortoplacistas y sesgadas no sería arriesgado decir que mundialmente hay un consenso acerca de que la ciencia es -y siempre fue- una herramienta fundamental para el desarrollo de los pueblos en su sentido más amplio.

Ahora bien, ¿realmente debemos conformarnos con el nivel actual del presupuesto para la ciencia y la técnica en función de estos argumentos? Lo estipulado en el plan “Argentina Innovadora 2020” y la promesa del actual Presidente Mauricio Macri de elevar el presupuesto de Ciencia y Técnica al 1.5% del PBI marcan la pauta de que todavía existe un margen cierto y realista para expandir la inversión en esta área. Si evitamos ser arrastrados por miradas cortoplacistas y sesgadas no sería arriesgado decir que mundialmente hay un consenso acerca de que la ciencia es -y siempre fue- una herramienta fundamental para el desarrollo de los pueblos en su sentido más amplio. Es claro que el conocimiento científico impacta enormemente en nuestras sociedades: dotando de valor agregado y mejorando la producción -con la consecuente generación de puestos de trabajo calificados-, proveyendo de herramientas para la protección del medio ambiente, y mejorando el nivel de vida de la población, entre muchos otros aspectos.

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Por otro lado, lo que se interpone entre la ciencia argentina y un mejor presupuesto es, sin dudas, la decisión política: no sólo del oficialismo, sino también de una buena parte de la oposición. Después de todo, lo que ha terminado destrabando el tratamiento del Presupuesto Nacional 2017 en el Congreso ha sido el acuerdo en la distribución de fondos a las provincias (La Nación, 01/11/2016), canalizado en parte por obras financiadas desde el Ministerio del Interior. Así, podemos observar en la comparación de los últimos presupuestos -2016 y 2017- que la partida destinada al Ministerio del Interior ha pasado del 1,9% al 2,4% del total presupuestado (es decir, de 38.000 a 55.000 millones de pesos), mientras que el Ministerio de Ciencia y Técnica ha mantenido su participación en un 0.6% (pasando de 12.000 a 13.000 millones). Es evidente que lo que no rinde políticamente en el corto plazo corre siempre en desventaja y lleva las de perder.

La Argentina –como cualquier otro país del mundo- necesita de la ciencia para su desarrollo, y esto no implica negar que la ciencia argentina debe aún repensarse para estar a la altura de las necesidades de la sociedad en su conjunto.

Existe también un tercer argumento, muy usual en las redes sociales, que señala que el CONICET no hace un ‘aporte’ a la sociedad acorde al esfuerzo –medido en recursos fiscales- que la misma hace para sostener al organismo. Esto se podría ver reflejado, desde esta perspectiva, en el escaso número de tecnólogos en el CONICET, que actualmente es tan sólo el 3% del total de investigadores. Esto podría abrir una discusión interesante, de fondo, pero llama la atención que premisa y conclusión no vayan de la mano. Es cierto que es deseable un mayor impacto en el desarrollo de tecnologías para el desarrollo económico nacional: de este modo no sólo otorgaría valor agregado a nuestros productos, sino que podría empezar a nutrir a las nuevas industrias de los profesionales posgraduados formados a través de la financiación del CONICET. Sería deseable que los científicos tuvieran una inserción allende los límites de la institución que financia su formación. Sin embargo, ¿cómo puede ayudar el recorte en los ingresos a la CIC a mejorar esta situación? Resolver las falencias que tiene el CONICET no pasa de ningún modo por reducir su presupuesto.

No obstante, la solución a estos problemas que parecen haber encontrado Barañao y Ceccatto es la de reducir el crecimiento del CONICET para que proporcionalmente haya más dinero destinado a gastos operativos. De esa manera la estabilización del tamaño del CONICET permitiría mejorar las condiciones de trabajo de los que ya se encuentran en la planta permanente. Sin embargo, como se ha mostrado, la dicotomía crecimiento y calidad es una manera de ocultar que el desarrollo científico está todavía atado a la coyuntura política. La Argentina –como cualquier otro país del mundo- necesita de la ciencia para su desarrollo, y esto no implica negar que la ciencia argentina debe aún repensarse para estar a la altura de las necesidades de la sociedad en su conjunto. Por esa razón es imperante lograr consensos políticos sobre el desarrollo de la ciencia argentina, no sólo para sostenerla y hacerla funcional a tales demandas –complejas y heterogéneas-, sino también para ser coherentes y no dilapidar grandes cantidades de recursos por los avatares contingentes de la agenda política. Allí se encuentra el verdadero desafío.

Nicolás Artemio Rodríguez

Nicolás Artemio Rodríguez

LICENCIADO EN QUÍMICA, DOCENTE DE LA UNIVERSIDAD NACIONAL DE MAR DEL PLATA Y BECARIO DOCTORAL DEL CONICET.

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