2001: Odisea del espacio político

argra-19-y-20-g-martinez2

Si mal no recuerdo, en la introducción a un libro de Voltaire, Borges afirmaba: “no siempre los lugares comunes entrañan un error”. El lugar común de referirse al 2001 argentino como un acontecimiento político definitorio ilustra el aserto borgeano. El impacto de los sucesos acaecidos en diciembre de de ese año alcanzó a todo el sistema político, a la evaluación histórica de los años posteriores y, en el caso de los que nacimos en democracia y fuimos jóvenes en aquel entonces, tuvo un influjo de subjetivación que trazó, entre otras cosas, el modo de posicionarse y de entender el ahora ominoso kirchnerismo.

Recordar un momento histórico como ese y escribir una perspectiva personal sobre lo sucedido acarrea una serie de problemas: la cuestión de la memoria, sus mentiras y lagunas; el inconveniente de afirmar y/o generalizar impresiones parciales. Dos antídotos provisorios, aunque en apariencia contradictorios para el lector: advertir sobre la subjetividad de este relato y no hablar en primera persona del singular, ya que la primera persona en la rememoración política siempre es plural. Aquellos que éramos adolescentes durante el 2001 y que además no vivíamos en Buenos Aires tuvimos una versión particular de los acontecimientos, que no pueden ser reconstruidos a partir de un mero ejercicio de memoria y una confianza en el valor indiscutible del testigo. Varios ni salimos a la calle, no comprendíamos en toda su dimensión lo que ocurría o simplemente olvidamos detalles; la reconstrucción presente de ese tiempo exige consultas a nuestros familiares, búsquedas en Google, exégesis anacrónica de lo sucedido. Los que atravesábamos un despertar de primavera político no podíamos dejar de sentirnos atraídos por estos sucesos, por la lucha y la ocupación de la calle, atracción que se acompañaba de un candor e incomprensión propio de la edad que festejaba de manera un tanto inconsciente la revuelta popular.

Los que atravesábamos un despertar de primavera político no podíamos dejar de sentirnos atraídos por estos sucesos, por la lucha y la ocupación de la calle, atracción que se acompañaba de un candor e incomprensión propio de la edad que festejaba de manera un tanto inconsciente la revuelta popular.

La revolución de 2001 sí fue televisada y las ciudades del interior vivieron la versión oficial por la televisión. Las postales más desgarradoras se grabaron en las retinas de aquellos que no salimos en esos instantes a ocupar el espacio público: las fogatas en calles desiertas, los negocios cerrados, la desesperación de los saqueos, los muertos, un helicóptero cobarde que interrumpe el cielo de la tarde el 20 de diciembre. La sensación de verdadero estado de excepción, de pendular en un instante traumático que mezclaba miedo, incertidumbre y dolor, se enmarcaba en la situación extraña y dislocada de experimentar esos sentimientos desde otra ciudad lejana, a partir de las imágenes y coberturas fatalmente retaceadas del periodismo. Los que vivíamos en Viedma asistimos, o nos enteramos, de una manifestación muy numerosa que se dirigió a las cercanías del supermercado «La Anónima» con el fin de exigir alimentos o, en su defecto, llevados por la deriva de los acontecimientos nacionales, apurar la posibilidad del saqueo. Los espacios privilegiados no fueron los puentes o las plazas de innumerable carga simbólica, sino el supermercado «La Anónima», el monumento más perenne de la civilización triunfante con el indio, fortín de la familia Braun, único supermercado de la ciudad que quedó en pie luego de los 90. Como si fuese una inversión histórica del reconocido dualismo sarmientino, la barbarie pobre y militante irrumpió a sus puertas en busca de sustracciones desesperadas. Como arcontes del templo de las mercancías, intercedió el BORA (Brigada de Operaciones, Rescate y Antitumultos, disuelto en 2012, grupo especial de la policía provincial) que comenzó a reprimir a los manifestantes con balas de goma, provocando la pérdida de un ojo a uno de los hombres que estaba allí. Finalmente, el conflicto se resolvió luego de que el supermercado cediera bolsas de comida a los manifestantes: una suerte de caja PAN de la iniciativa privada para emparchar las carencias de las festividades en ciernes.

Tal vez, como sucede en cualquier evento traumático y shockeante, la hermenéutica y los resultados en términos de sentido de aquel estallido y “grito” histórico siempre vienen con el tiempo. Toda época sueña a la siguiente y toda época interpreta a la anterior. Para cierta franja etaria a la que me refiero aquí, el 2001 fue el hecho cardinal para pensar la política posterior; ya sea que la opción política era negativa porque “apagó el fuego” de ese momento de asambleas y rebelión o que, por el contrario, era positiva justamente por eso, el 2001 se convirtió en ese horizonte retrospectivo que generó ciertos consensos (hoy sabemos que efímeros) sobre los peligros de la retracción del Estado, sobre la necesidad de reconstruir el sistema político argentino. Hoy, 15 años después, parece ser un acontecimiento muy lejano, extranjero de nuestras preocupaciones políticas más urgentes. Pero probablemente, por la intensidad de su extrañeza y de su irrupción, para algunos incalculada, ya era lejano y ajeno en el mismo momento en que lo vivimos.

Natalí Incaminato

Natalí Incaminato

Profesora en Letras por la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación de la Universidad Nacional de La Plata. Es secretaria del Doctorado de Letras de la Universidad Nacional de La Plata.

Sin Comentarios

No se permiten comentarios