Padura y el blindaje de la literatura

La literatura de Leonardo Padura exhibe la realidad de Cuba de manera magistral.

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Sus personajes deambulan por ciudades avejentadas, viajan en coches y buses destartalados, actúan en una sociedad adormilada por el desencanto; y por todas partes encuentran signos de la decadencia y la decrepitud de una revolución a la que habían abrazado con el alma. Un pueblo donde muchos, demasiados, simulan creer lo que hace tiempo que no creen, mientras que otros ya ni siquiera disimulan.

Eso describen los libros de Leonardo Padura, aunque hagan centro en otras historias. También disecan el dogma marxista, dejando a la vista un tramado erróneo de entrañas en descomposición.

Lo curioso, o lo significativo, es que este novelista lúcidamente crítico y profundo, no escribe desde el exilio, sino desde La Habana. Allí, en Mantilla, el mismo barrio donde nació, está su casa y el escritorio donde pergeñó las aventuras del detective Mario Conde, ese policía desalineado, pesimista y melancólico, que sólo guarda aprecio por los escritores que, sin la bendición del régimen, naufragan en la frustración y en océanos de ron.

Mientras el detective intenta dilucidar los casos que le tocan, va mostrando, como al pasar y sin darle centralidad en el relato, una Cuba en la que quienes aún defienden al régimen castrista, hicieron carrera en el partido, o escalaron en la infinita burocracia estatal, o lograron ciertos privilegios, o convirtieron la ideología marxista-leninista en una religión y se aferran a ella como a una necesidad existencial.

Uno de los instrumentos narrativos predilectos de Padura es la construcción de historias paralelas, que van confluyendo en el núcleo que las une y da una entidad común. En “La novela de mi vida”, la narración se alterna entre las historias del poeta decimonónico José María Heredia, pionero del independentismo cubano; la de su hijo y la del literato contemporáneo que busca un escrito perdido de aquella antigua y desventurada celebridad.

Ese tercer personaje ha vuelto temporalmente de un exilio al que lo empujo un sistema político en el que se impone la sumisión ideológica y la delación entre las personas. Posiblemente, uno de los rasgos más oscuros del modelo caribeño de totalitarismo construido por Fidel Castro, es el miedo que convierte a la gente en agentes dispuestos a delatar a vecinos, familiares o amigos, sacrificando la propia dignidad en el altar del Estado total.

El instrumento de narrar tres historias que van confluyendo, aparece también en su obra de mayor significación ideológica: “El hombre que amaba los perros”.

En las páginas de esta novela imponente, la vida, pasión y muerte de León Trotski corre paralela a la de su verdugo, el comunista catalán Ramón Mercader, y a la vida del periodista que, décadas después del magnicidio, descubre al fanático asesino en Cuba, protegido por el régimen castrista.

En este libro, Leonardo Padura logra una radiografía profunda del totalitarismo soviético, mostrando que la criminalidad brutal y la desenfrenada crueldad de Stalin, no fueron una desviación accidental sino la consecuencia posible de un Estado totalitario.

La mirada del lúcido escritor cubano desnuda el carácter religioso y lunático del fanatismo ideológico, en las personas alucinadas de Ramón Mercader y de su madre. También muestra la peligrosa falacia de convertir “la historia” en un supuesto devenir inexorable hacia estadios superiores del progreso humano, y a la “acción revolucionaria”, incluso en la forma del crimen más abyecto o la traición más repugnante, en un instrumento de ese proceso histórico.

El primer rasgo a subrayar, es que la profunda y demoledora crítica de Padura al totalitarismo marxista, no se funda en un pensamiento conservador ni en una ortodoxia libremercadista. El escritor, entre cuyas novelas se destaca “Herejes”, otra obra maestra, es un progresista de matriz liberal y claramente adverso al dogma neoliberal, así como a cualquier tipo de dogmatismo.

El otro rasgo a subrayar es que no vive en el exilio. En parte porque el régimen cubano empieza a tener laxitudes y en parte porque la celebridad internacional que alcanzó Padura actúa como blindaje sobre su persona, ha podido escribir libremente en un sistema donde no es fácil hacerlo. Lo que no ha logrado es tener en su propia tierra la posibilidad de que su obra se publique y se difunda como ocurre en el exterior.

Aún con esa limitación, la vida y obra de Leonardo Padura marca un punto de inflexión. Autores que, como él, se desencantaron del régimen castrista, fueron censurados, perseguidos y obligados al exilio. El ejemplo más relevante en el terreno de la literatura es Guillermo Cabrera Infante.

El brillante autor de “Tres tristes tigres” también apoyó la revolución. Llegó a ser, incluso, un cuadro diplomático de régimen. Pero cuando planteó sus primeras disidencias, empezó loa persecución encubierta que lo llevó al exilio por el resto de su vida.

En cambio Padura, forzando poco a poco el techo de tolerancia que es muy bajo en la isla, se quedó en La Habana y fue allí donde escribió los libros que le hicieron ganar importantes distinciones como el Premio Hammett, el Premio Raymond Chandler y el Premio Princesa de Asturias.

El creador del detective Mario Conde logró, con su honestidad intelectual, su coraje y su talento, convertir su casa y su escritorio en el barrio habanero de Mantilla, en territorio liberado para el pensamiento y la literatura.

Claudio Fantini

Claudio Fantini

Editor y columnista político. Politólogo y analista internacional. Es autor de los libros "La Sombra del Fanatismo" (2006, Editorial Planeta), y "La gravedad del silencio" (2012, Raíz de Dos), entre otros.

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