Marcelino Cereijido: ciencia para superar la hijoputez

ENTREVISTA AL AUTOR DE “HACIA UNA TEORIA GENERAL SOBRE LOS HIJOS DE PUTA”

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Aprender y enseñar a ejercer la mirada científica sobre la realidad es nuestra mejor arma evolutiva. Así lo señala este irreverente doctor en fisiología, discípulo de Bernardo Houssay, exiliado en México desde los inicios de la dictadura, y autor de varios libros acerca de las cuestiones que lo obsesionan. Su atractiva hipótesis es tan novedosa como esperanzadora: la hijoputez en sus distintos envases (machismo, racismo, sexismo, antisemitismo, violencia de género, elitismo, androcentrismo…) tendría raíces biológicas y por eso hay que “desentrañar su evolución, estudiarla como se hizo con la lepra, la peste, la rabia, la difteria”.

 

En un informal y fluido intercambio de correos electrónicos, el doctor Marcelino Cereijido se muestra afable pero tajante en sus definiciones. En cada respuesta, no se priva de recomendar alguno de sus libros anteriores, o bien otro autor que le parece poseedor de perspectivas valiosas.

El provocador título de su último libro Hacia una teoría general sobre los hijos de puta. Un acercamiento científico a los orígenes de la maldad (Tusquets, 2012) no debería dar lugar a confusiones superficiales: no es un compendio de chistes, no es un estudio escatológico ni su autor procura hacerse el gracioso. Por el contrario, se trata de una obra imprescindible para quienes creen en serio que los seres humanos podemos avanzar hacia sociedades con mayores niveles de igualdad y libertad. Una condición ineludible para ello, asegura Pirincho (como prefiere que le llamen), es tratar de superar el analfabetismo científico que nos caracteriza, o mejor, que les fue impuesto a nuestras sociedades por parte de los países desarrollados y de dirigencias interesadas en mantener sus privilegios.

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Por qué la palabrita

En las primeras páginas del libro, Cereijido cuenta una intuición que lo inquietaba: la universalidad de la expresión “hijo de puta”. El insulto aparece como elemento común de los más variados idiomas. Su utilidad en reemplazo de otros términos menos callejeros como “perversidad” o “maldad” es ostensible, aunque también su ambigüedad: “hijo de puta” puede utilizarse como insulto tanto como elogio, por ejemplo ante la destreza inexplicable de un futbolista. Esa versatilidad es, en parte, la que explica la fascinación que ejerce la expresión. Pero Cereijido concluye que el hijo de puta no es el hijo de una prostituta, sino el prostituyente: de él, seguramente, nació el insulto más extendido en el tiempo y espacio del ser humano.

“Un pueblo es subdesarrollado y dependiente cuando sus habitantes no son quienes mejor entienden su propia realidad”.

Usted afirmó por ahí que se puso a escribir porque no entendía por qué hacer ciencia le costó el exilio y luego, por esa misma actividad, le daban premios.

Así es, y fue un enfoque fructífero. Un pueblo es subdesarrollado y dependiente cuando sus habitantes no son quienes mejor entienden su propia realidad. Si quienes mejor entienden la realidad japonesa no fueran los japoneses, Japón sería un país subdesarrollado y dependiente. Sarmiento lo intuyó y se propuso que quienes mejor entendieran la realidad argentina fueran los argentinos. En consecuencia creó escuelas, colegios, institutos, zoológicos, botánicos, observatorios astronómicos, climatológicos, etc. En la década del 1920-30 Argentina ocupaba entre el 4º y el 8º lugar en grado de alfabetización, por encima de casi todos los pueblos europeos. Pero el 6 de septiembre de 1930 un golpe nazicatólico comenzó una destrucción sistemática del aparato educativo. En 1864 Pío IX promulgó la encíclica Quanta Cura, con un Syllabus que condena específicamente la ciencia y sus derivados (hoy diríamos “tecnología”), sin prever que hoy sus cardenales se estarían operando de la próstata, evitando un infarto mediante un cateterismo cardíaco, y volando a 10 mil metros en un avión mientras hablan por teléfono con el Vaticano. Sin embargo, donde brasas hubo cenizas quedan y cada vez que se relajaba un poco la política nazicatólica rebrotaban la investigación y hasta la ciencia. Por eso, de pronto surge  un César Milstein, que termina trabajando en Inglaterra. Luego Sudamérica se pregunta por qué Gran Bretaña se queda con los Milstein y las Islas Malvinas, y nosotros con los Pinochets, los Eichmann, los obispos que, en un país que se dice laico, se metieron en los mismísimos cuarteles como curas castrenses. Aquí vale la pena que lean a Loris Zanatta: Del estado liberal a la nación católica.

En su último trabajo vuelve a enfatizar la manera científica de interpretar la realidad y lo vincula con la supervivencia. ¿Qué lugar debe ocupar la educación en ese aspecto?

La “manera científica” consiste en interpretar la realidad sin recurrir a milagros, revelaciones, dogmas ni al Principio de Autoridad, por el cual algo es verdad o mentira dependiendo de quién lo diga: la Biblia, el papa, el rey, el padre. La conciencia surgió en la Tierra hace unos 60 mil años. El bicho que se especializó en interpretar la realidad conscientemente fue  el Homo sapiens. Dado que interpretar eficazmente la realidad es un conditio sine qua non para sobrevivir, además de seguir interpretando la realidad en forma inconsciente, como lo hacen animales y plantas, el ser humano empezó a generar maneras de interpretar conscientes. Estas “maneras” fueron apareciendo por supuesto en sucesivas oleadas evolutivas. Así atravesó animismos, politeísmos, monoteísmos y por último (por ahora) la manera científica. Todas las especies han “hipertrofiado” algún atributo que van perfeccionando como su herramienta y arma para sobrevivir. Nuestra especie ha hipertrofiado su capacidad de conocer. Ahora bien, el desarrollo de una herramienta/arma va acompañado por la selección natural de atributos complementarios. En el caso humano se seleccionó al creyente, al memorioso y a quien tuviera el sentido temporal más desarrollado. El ser creyente otorga una enorme ventaja porque transforma a toda la humanidad, pasada y presente, en un colosal embudo cognitivo que nos vierte en el cerebro todo lo que aprendieron los humanos de otras generaciones y otras latitudes.

Ahí entra el rol de la educación.

Claro. Eso sucede gracias a la crianza y la educación. Yo no conocí a Tutankamón, ni estuve presente en la Revolución Francesa, pero los tengo incorporados a mi patrimonio cognitivo gracias a la crianza y la educación, es decir, se los creí a mis padres, maestros y a la sociedad en general. En una hora de clase uno puede aprender toda la química que llevó a la hoguera o a la gloria a miles de alquimistas. En una hora de matemáticas uno puede aprender teoremas que mantuvieron atareados por siglos a generaciones de sabios. De modo que la selección del creyente, se complementó con el desarrollo de una educación que puede transformar un bebé en un científico sabio, y evitarle modelos que en su momento fueron valiosos, pero que ya han perimido. Dependiendo de su visión del mundo, hay quienes promueven que el centro de la vida cívica sea el club deportivo, el comité político, el café. En cambio, con otra mirada, se puede pensar un plan por el cual la escuela podría transformarse en el centro de la vida argentina.

“La forma más avanzada de someter a la humanidad es interferir el desarrollo científico de otros pueblos”.

¿Cómo surge el tema de su libro sobre “la hijoputez”?

Si uno abre el periódico de cualquier ciudad, de cualquier país, en cualquier página, cualquier día, constatará que la enorme mayoría de las desgracias humanas la causan los seres humanos. Cuando todos los seres humanos, de todas las generaciones, a través de toda la historia fueron perversos que hacen sufrir a sus semejantes, uno tiene la obligación de sospechar que la hijoputez tiene raíces biológicas. En cuyo caso hay que enfocarla “a la manera científica”, y más específicamente, hay que desentrañar su evolución. Luego hay que  estudiarla como se hizo con la lepra, la peste, la rabia, la difteria.

¿Resumo adecuadamente si digo que la tesis principal de su libro sobre la hijoputez es que, si bien su raíz es biológica, desarrollar nuestra racionalidad significaría poder entenderla, controlarla y eliminar los contextos que la favorecen?

Exactamente. La condición imprescindible para controlar una epidemia, un fenómeno climático, un proceso social actual o del pasado, es interpretarlo en términos de sus agentes, sus mecanismos, las circunstancias en las que brota. Mientras los sociólogos y psicólogos la sigan tomando como un problema que ocurre dentro del ámbito exclusivo de la ética, seguiremos dando palos de ciegos.

Usted sostiene que en los países del Tercer Mundo (y la Argentina entre ellos) no poseemos una cultura compatible con la ciencia. ¿A qué se refiere?

Si yo le dijera que México tiene buena odontología, usted no va a imaginar que aquí todo el mundo es dentista. Habrá un dentista cada –digamos– cien habitantes. El resto tiene una cultura compatible con la odontología, en el sentido que ante un dolor de muelas, una afección en las encías, la fractura de un diente acudirá a un dentista. En este sentido la Argentina tiene pequeños grupos de excelentes científicos, pero no tiene una cultura compatible con la ciencia, pues jamás recurre a sus universidades para encomendarles problema alguno. En el Primer Mundo los científicos son una pequeña proporción de la sociedad, pero el resto tiene una cultura compatible con la ciencia, de manera que cuando tienen un problema de salud, transporte, comunicación, energético, agrícola, bélico, están de acuerdo con que el Estado tome del dinero de sus impuestos y le encomiende el estudio y solución a la ciencia, cree institutos, universidades, sistemas de becas, subsidios, etc..

“La mujer está incomparablemente mejor equipada para captar y comprender”.

Y eso afecta nuestras posibilidades de aspirar a una sociedad con mayores niveles de libertad e igualdad.

Sí. Para el analfabeto científico la ciencia es invisible. Al revés que otras calamidades (hambruna, terremoto, sequía) en las que el afectado es el primero en señalar con toda precisión cuál es el problema, cuando lo que falta es conocimiento el afectado no lo puede entender así se le explique. Me resulta terrible que en un siglo que ha visto desarrollarse la aviación, la telefonía, la televisión, la cirugía abdominal, cardíaca, cerebral, que ha visto desintegrar el átomo y secuenciar el genoma humano, nuestros expertos no se percatan de que la cultura argentina se quedó trabada en una cosmovisión que rompió una y otra vez cada brote de ciencia que se fue dando. Lo comparo a lo monstruoso que sería que nuestros especialistas en tuberculosis hablaran de cavernas pulmonares, tos, esputos, pero no estuvieran enterados de que hay algo que se llama bacilo de Koch. Son burros. Aquí le aconsejaría mi libro La ciencia como calamidad.

En su obra usted introduce el concepto de cognicidio (es decir, la destrucción sistemática de nuestra capacidad de interpretar la realidad en que vivimos) y le atribuye una importancia central en nuestras posibilidades de abordar con éxito la perversidad ¿puede explicarlo?

Por más grande que sea el desarrollo intelectual, cultural, el Homo sapiens es un ser biológico, y no puede evitar la lucha que señalaron Malthus y Darwin (entre otros).  Los pueblos líderes (el Primer Mundo) se esfuerzan  por convertir al “otro” (Tercer Mundo) en ganado. Antes lo hacían mediante las invasiones, capturando esclavos, es decir, con la fuerza bruta. Hoy recurren al conocimiento: la forma más avanzada de someter y controlar al resto de la humanidad es interfiriendo el desarrollo científico de otros pueblos. Durante la Guerra Fría, los Estados Unidos y Rusia no se enviaban a ladrones a robar bancos y museos, sino conocimiento.

Esperanzadoramente, usted sugiere que es posible que estemos ingresando en lo que llama “la hora de la mujer”, un paso positivo en la evolución humana ¿a qué se refiere con eso?

En la especie humana el macho tiene un desarrollo óseo y muscular notablemente mayor que la hembra. Siempre ha usado esta ventaja para dominar, humillar, hacer miserable  y prostituir a la mujer. Hasta hace un siglo la mujer no entraba en las universidades, no votaba, no accedía a cargos gubernamentales, no decidía sobre su propia vida: el macho decidía si se le arrancaría el clítoris, se le romperían los dientes para que no fuera deseada por otro macho (esto lo cuenta Juana Inés de la Cruz en sus memorias), si se le mutilarían los pies con vendajes porque así les gustaba a los machos chinos, se la prostituiría para obligarla a copular por dinero con desconocidos. El mismo macho perverso que no la considera digna de conducir servicios religiosos, es el que decide si debía gestar el hijo de su violador, etc. Hoy tenemos pruebas fehacientes de que la mujer está muchísimo mejor dotada que el hombre para interpretar la mente ajena y captar procesos inconscientes de los que depende la maduración y humanización del bebé humano. Baste recordar que se entiende con un bebé que aún no habla (ella le enseña a hablar castellano, inglés o senegalés).

¿Por qué es necesario superar el machismo para superar la hijoputez?

Un científico genial y otro mediocre no se diferencian en que el primero conoce ecuaciones o bibliografías que el segundo no domina, sino en la capacidad de concebir ideas originales. Pero la concepción de ideas originales ocurre en un plano profundamente inconsciente, y la mujer está incomparablemente muchísimo mejor  equipada para captar y comprender. Hoy, cuando la fuerza muscular bruta ya no juega un papel preponderante en la actividad humana, cuando las computadoras y los equipos científicos no discriminan con base en el sexo de quienes la operan, la mujer está llamada a sobresalir  por sobre el varón. No hay duda de que la guerra, la producción, y toda actividad humana ha pasado a estar regida por la ciencia moderna. Nuestro dimorfismo sexual, ese que le permite al hombre ser más bruto, abusador, proxeneta, cuenta cada vez menos.

“La Argentina no tiene una cultura compatible con la ciencia”.

Quién es

Marcelino Cereijido nació en Buenos Aires en 1933, se graduó de médico en la UBA con la mejor tesis doctoral de su promoción. Es miembro de varias academias científicas -como la Academia de Medicina de México, la American Society for Cell Biology, la American Society of Physiology, la American Biophysical Society. Tiene doce libros científicos y de ensayo (entre ellos, La nuca de Houssay y La ignorancia debida). Exiliado en 1976, se radicó en México, donde desarrolló su actividad científica, que le valió numerosas distinciones, entre ellas el Premio Nacional de Ciencias de ese país. Actualmente, dirige un programa de investigación en el prestigioso Centro de Investigación y Estudios Avanzados de México, equipo con el cual descubrieron recientemente el funcionamiento y la aplicación de una hormona que puede ser muy eficaz para la cura del cáncer (la ouabaína).

 

Américo Schvartzman

Américo Schvartzman

Director de La Vanguardia. Licenciado en Filosofía. Periodista. Autor de "Deliberación o dependencia. Ambiente, licencia social y democracia deliberativa" (Prometeo 2013).

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