A Carlos Peralta también lo mató el machismo

Carlos Peralta es una de las cuatro víctimas fatales de uno de los femicidios múltiples que enlutaron a Entre Ríos en estos días. 

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Carlos Vicente Peralta, Caco o el Cabezón para sus amigos de la infancia, hacía un mes que estaba en pareja con Yohanna Carranza. Carlos era albañil y en marzo había cumplido 27 años. No terminó sus estudios secundarios en la Escuela N° 36 Esteban Echeverría, porque se dedicó a trabajar. En sus fotos de las redes sociales se lo puede ver con su hijita Maia. Una de sus amigas de la infancia, Yami, lo define como “un excelente padre, compañero y sobre todo muy cuida de los suyos”.

Luciano, que lo conoce del barrio 25 de Mayo, ahí cerquita del CIC en esa amplia barriada de la zona norte de la ciudad, dice que “Carlitos era un re buen pibe”. Otros amigos del barrio, donde Carlos vivía con su mamá (su padre falleció hace años) aportan que “ni un mes hacía que andaba con Yohanna”.

Algunos coinciden en señalar que la noche del domingo, la víspera de la tragedia “era la primera vez que se quedaba a dormir con ella”.  Sus amigos y amigas lo van a extrañar mucho. “Su presencia, la voz gruesa del Cabezón, la adoración que tenía por su pequeña Maia… lo vamos a extrañar horrores”, dice Yami.

Carlos es una de las cuatro víctimas fatales del femicidio múltiple que este lunes enlutó a Concepción del Uruguay: las otras son Yohanna Carranza, de 23 años, y sus dos pequeñas hijas, Luisana y Candela Ledesma, de 5 y 7 años respectivamente.

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Según el Registro que lleva la Corte Suprema de Justicia, en 2015 hubo en la Argentina 235 femicidios. En el 20 por ciento de los casos había denuncia previa por violencia de género. Al 70 por ciento del total las mató un allegado (parejas, ex parejas, novios, maridos, convivientes, familiares). Al menos 203 niñas, niños y adolescentes quedaron sin madre. El estudio de la Corte no incluye “las muertes violentas de varones” ocurridas en contextos de femicidios. De modo que no hay datos oficiales acerca de cuántos varones fueron víctimas.

La tragedia que se abatió sobre Yohanna y su grupo familiar es un femicidio, es decir aquellos casos en que una mujer es asesinada solo por ser mujer. Se considera que lo causa el lugar que le asigna la cultura machista a la condición de mujer: la creencia arraigada, muchas veces no del todo consciente, de que la mujer es inferior al varón, de que es propiedad del hombre. Como en el título de la película de Patrice Leconte: La maté porque era mía.

En este caso se trata de un femicidio múltiple: incluye otros tres asesinatos, que se consideran “femicidios vinculados”, porque responden a los mismos motivos y se conectan de manera directa con la intención de dañar a una mujer.

¿Es decir que un varón puede ser víctima de un femicidio?

Sí. El antecedente más importante fue una condena en Córdoba, en julio de este año, cuando la sentencia judicial consideró que al mecánico Néstor Vega lo mataron para causar sufrimiento a la mujer con quien salía, la ex pareja de uno de los condenados. El juicio se desarrolló en la Cámara 3ª del Crimen de Córdoba.

En el marco del horror, complementado por un fin de semana en que Entre Ríos se anotició con estupor de otros dos casos, la mirada no suele detenerse en el único varón víctima de este femicidio.

Y mucho menos, la información.

También los varones son o pueden ser víctimas de la cultura patriarcal. Los familiares varones de las mujeres asesinadas, los hijos varones que quedan sin madre, son víctimas de ese machismo tan instalado en el lenguaje y en los juicios de quienes hablamos hoy de esta nueva tragedia.

Carlos Vicente Peralta se defendió e intentó defender a Yohanna. Así lo indican las heridas en el tórax y cuello que tiene el asesino, internado en el Hospital Urquiza.

Carlos Vicente Peralta fue víctima de la violencia machista.

Fue asesinado por una persona que, al creerse propietario de “su” mujer, lo vio como un “ladrón” que le robó lo que “era suyo”. En su mente formateada por la cultura patriarcal, embebido en ella desde antes de tener conciencia, ese machista cree estar haciendo “justicia”, reponiendo cada cosa en su lugar, castigando “al ladrón”.

Incluso a las autoridades policiales cuando informan se les escapa inadvertidamente la valoración machista. Dicen cosas como que “la mujer estaba con otro hombre en el domicilio, y por ello hubo una fuerte discusión en el interior del domicilio” (comisario Luis Aguiar a una radio paranaense). Pero ¿cómo con “otro hombre”? ¡Si era su pareja actual! Se evidencia allí la mentalidad derivada de la cultura patriarcal, que justifica inconscientemente el femicidio.

Ni hablar de los medios que hablan de “celos”, de “crimen pasional”, de “la ira causada porque su mujer tenía una nueva relación”, etcétera. Que son la traducción publica, apenas menos brutal, de las atrocidades que se escuchan en la calle, muchas veces en boca de mujeres: “Qué querés, si ella lo guampeaba”.

Carlos murió asesinado por la misma cultura patriarcal que mató a Yohanna y a sus dos pequeñas hijas. La marcha de miles de uruguayenses que este lunes colmó casi tres cuadras de la Plaza Ramírez lo entendió con claridad, y por eso lo expresó en el grito de “Carlos Peralta… ¡Presente!” junto al de Yohanna y las niñas. Carlos también fue víctima del machismo.

También los varones son o pueden ser víctimas de la cultura patriarcal. Los familiares varones de las mujeres asesinadas, los hijos varones que quedan sin madre, son víctimas de ese machismo tan instalado en el lenguaje y en los juicios de quienes hablamos hoy de esta nueva tragedia.

Aquellos varones que a veces se sienten atacados por consignas como “Ni una menos” o que creen que el feminismo acusa a “todos los varones”, harían bien en identificarse con los muchos varones que son víctimas del machismo, y no con los que creen que “las feministas exageran”. Deberían pensar que lo que le ocurrió a Carlos, bien puede pasarle a cualquiera de ellos: alcanza con estar en pareja para estar en riesgo.

Claro que las identificaciones no se eligen. Se dan. Pero tal vez enfocando un rato en Carlos Peralta, como víctima varón de la violencia machista, comencemos a lograrlo.

Lo cultural se aprende, y por eso mismo, puede modificarse. Podemos modificarlo si lo decidimos, varones y mujeres. Empezando por desterrar las frases más comunes que caracterizan a esa cultura (aquí, una breve sugerencia: Seis frases erróneas sobre la violencia de género que tenemos que dejar de repetir).

Para que no haya más víctimas –mujeres o varones– de la violencia machista.

Américo Schvartzman

Américo Schvartzman

Director de La Vanguardia. Licenciado en Filosofía. Periodista. Autor de "Deliberación o dependencia. Ambiente, licencia social y democracia deliberativa" (Prometeo 2013).

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