Somme: el centenario triste

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Mientras todavía repercute el 52 por ciento de los votos alcanzado por los británicos que apoyaron el Brexit, se cumplen cien años de la batalla del Somme, uno de los capítulos centrales de la historia del siglo pasado. La coincidencia no deja de sorprender, tratándose aquél episodio bélico de uno en el que justamente los británicos, a contrapelo de su reciente defección, eligieron ir hacia Europa, en muchos casos por cuenta propia. Fue justamente en el contexto del Somme que miles de voluntarios se alistaron para integrar ese nuevo Nuevo Ejército que colaboraría con los franceses en la confrontación con las potencias centrales que –según se creía– ponían en jaque a la civilización europea.

Con más de un millón de muertos, y la incorporación de novedades tecnológicas, como por ejemplo los tanques, la batalla del Somme fue una de las más paradigmáticas de la Primera Guerra Mundial. Aunque la confrontación fue larga –se extendió entre el 1ero de julio y el 8 de noviembre de 1916– acaso fuera en su día inicial que resumió el sentido más trágico de aquella experiencia. Durante esa jornada, miles de británicos conducidos por el general Douglas Haig fueron enviados a una ofensiva imposible. Los miembros del Nuevo Ejército, muchos de ellos voluntarios, desafiaron las tempestades de acero provenientes desde las profundas e inaccesibles trincheras alemanas. La confrontación de aquel día tocó fin con un saldo de 20 mil británicos muertos y una cantidad de metros ganados bastante cercana a cero. La peor catástrofe de la historia militar británica se había perpetrado tan solo en unas horas.

Como ha señalado el historiador italiano Enzo Traverso, la batalla del Somme aparece como el ejemplo más acabado de un cambio radical en la concepción de la guerra. Ella denotó la caída definitiva de una práctica bélica forjada en una tradición jerárquica y aristocrática, que enfrentaba a unos ejércitos contra otros y, en cambio, consolidó –aún más que Verdún– la era de la guerra de masas, en la que el principal antagonismo comenzaba a plantearse entre soldados y máquinas. La cuestión no es menor, ante todo porque suponía el declive de un ideario que empezaba a revelarse anacrónico -el del campo del honor-, y la conformación de un nuevo credo bélico más tecnificado, impersonal y de amplia escala: el del matadero.

somme-6Los veinte mil muertos británicos del 1ero de julio nos revelan el costado más obsceno de la guerra moderna: el desencanto ante la muerte, exigida en volúmenes que se juzgan a la vez astronómicos e irrelevantes. Si sus aliados continentales estaban habituados a los rigores de la guerra terrestre, para los británicos el episodio se volvió tan novedoso como escalofriante. A partir de ese momento la muerte aparecía como muerte fría, tan solo un asunto de la estadística en la que, como ha señalado Roger Caillois, ya no había lugar para el heroísmo individual. En esa amputación de la posibilidad del atributo humano del honor reside ese legado triste y persistente del Somme que es el soldado desconocido, la persona reducida al número y subsumida en él. Una guerra sin medallas, que le valió a Haig el poco venturoso mote de “asesino de masas”.

Si el enemigo ya no era un otro reconocible sino una abstracción deshumanizada, invisibilizada detrás de las líneas del frente, su muerte era entonces una muerte remota, que rehuía a la carne. Así, el complejo tecnológico de tanques, aviones, ametralladoras y armas químicas que inauguró la era del exterminio masivo e industrial, preanunciaba y preludiaba la ruta a Auschwitz.

En su libro La batalla del Somme, el historiador Martin Gilbert recoge un testimonio valioso sobre aquél 1ero de julio. Según escribió un contemporáneo: “la cortina de fuego fue tan intensa y ensordecedora que se oyó en Hampstead Heath, en Londres, a casi trescientos veintidós kilómetros de distancia”. Es bueno recordarlo en estos días en los que es Gran Bretaña, ahora replegada, la que resuena sobre Europa.

Eduardo Minutella

Eduardo Minutella

Profesor en Enseñanza Media y Superior en Historia en la Universidad de Buenos Aires (UBA). Se desempeña como investigador especializado en Historia intelectual y cultural contemporánea de la UNTREF. Es colaborador periodístico en Panamá Revista.

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