El centenario de una intervención fundacional

Hace cien años, Romain Rolland publicaba su polémica obra «Por encima del conflicto». La misma fue un símbolo del pacifismo y puso al autor el centro de un debate que le ganó más enconos que amistades y lo obligó a abandonar su país para refugiarse en Suiza.

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Todos habían claudicado y Jaurés caía muerto. Las primeras semanas de agosto solo fueron un trágico diálogo conmigo mismo.

Cien años atrás, mientras se hacía evidente que la Guerra del ´14 se convertía en la Gran Guerra , el escritor francés Romain Rolland publicaba una obra que se convirtió en ícono de la intervención intelectual: Por encima del conflicto. El libro, que rápidamente devino en símbolo del pacifismo, puso al autor de la saga de Jean Cristophe en el centro de un debate que le ganó más enconos que amistades y lo obligó a abandonar su país para refugiarse en Suiza.

Al comienzo de la contienda, el consenso acerca de la legitimidad y la necesidad de la guerra era ampliamente mayoritario, y exponía a los escasos oponentes a la violencia y el escarnio público. En ese contexto, la voz de Rolland se destacó por sobre la monotonía discursiva de los nacionalistas, los belicistas y la prensa, alineada casi unánimemente con la Unión Sagrada.

Antes que una obra orgánica, el libro que Rolland publicó en el exilio es un conjunto de artículos escritos durante el primer año de la guerra. Las polémicas se suscitaron ya desde el título. El fabiano y belicista H. G. Wells, interpeló a Rolland directamente: no era posible posicionarse por encima del conflicto, estaban todos adentro. El francés replicó que situarse por encima de la contienda no implicaba desentenderse de ella. Al contrario, significaba valorizar públicamente el espíritu del humanismo universalista por sobre los valores patrióticos y el alineamiento acrítico con los gobiernos beligerantes y los partidos que los apoyaban. Para el autor Eran especialmente los intelectuales quienes, en virtud de su “superioridad espiritual”, tenían la obligación histórica de velar por aquellos valores y defenderlos por sobre las razones y los intereses propios de la coyuntura. De allí su interpelación directa a aquellos que se mostraban claramente partidarios del conflicto, desde Gerhart Hauptmann y Thomas Mann hasta Maurice Barrés, François Aulard y los académicos alemanes que firmaron el célebre Manifiesto de los 93 en apoyo de la guerra, entre los que se encontraban Ernst Haeckel, Max Planck, Max Scheler, Werner Sombart y Ernst Troeltsch.

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Por supuesto que no fue Rolland el único que se alzó contra la guerra. Ya antes de 1914 los miembros de la Segunda Internacional se habían comprometido a oponerse a los gobiernos de sus países en caso de que estos decidieran intervenir en contiendas interiimperialistas. Según alegaban los socialistas de preguerra, un conflicto de esa naturaleza solo beneficiaría a las burguesías de cada país en detrimento de la clase obrera. Sin embargo, una vez iniciado el conflicto los partidarios de aquella postura quedaron en absoluta minoría. La situación se hizo especialmente evidente en septiembre de 1915, cuando el líder socialista suizo Robert Grimm convocó a la izquierda antibelicista a la pequeña aldea alpina de Zimmerwald, donde se realizaría una conferencia más célebre que eficaz. Ante la magra concurrencia, que no alcanzaba las cuatro decenas de participantes, Trotsky manifestaría que el socialismo antibelicista europeo cabía en un par de autobuses de montaña. Así, aunque Rolland no estaba solo, su voz fue, a todas luces, la más resonante.

El fracaso de Zimmerwald, que había contado con el apoyo de Rolland, no lo desalentó a impulsar una Internacional del Espíritu que, en clave tolstoiana, erigía a los escritores y artistas en guardianes de los valores humanistas. Pero cuando ese proyecto comenzó a tomar forma la guerra ya había terminado y las voces que la condenaban podían hacerse oír con menos resistencia.
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Hubo, claro está, quienes ya durante el conflicto evitaron alinearse en favor de la postura belicista, aunque pocos se atrevieron a manifestar públicamente su rechazo a la guerra. Frente a la apología de la tribuna propuesta por Rolland, su amigo Stefan Zweig optó por la estrategia del silencio, “que es también una opinión”. Otros lo siguieron en esa opción, entre ellos Heinrich Mann, Arthur Schnitzler y Rainer Maria Rilke, quien hizo todo lo que pudo por evadir el reclutamiento, para luego hacer de la introspección un credo. En esa línea, Carl Sternheim manifestó su “asco” y desinterés hacia la guerra y optó por refugiarse en la lectura de autores franceses como Flaubert y Maupassant. Así, durante 1914 y gran parte de 1915, la voz pública de Rolland aparecía casi solitaria en su condena al conflicto.

Paradójicamente, esa mayor exposición pública lo colocó, en 1915, como favorito para recibir el Premio Nobel de Literatura. Sin embargo, ante los ataques de la prensa beligerante alineada con la Unión Sagrada, la fundación sueca decidió declarar el premio desierto. Cuando Rolland finalmente lo obtuvo –un año después y en compañía del belicista Vener von Heidenstam– los matutinos franceses echaron mano de la tradición bíblica y sugirieron que las 150.000 coronas con las que se gratificaba al ganador fueran reemplazadas por treinta monedas de plata. Más directo y explícito, el crítico antimodernista y católico Henri Massis publicó inmediatamente una obra que ya desde el título clausuraba cualquier matiz: Romain Rolland contra Francia.

Concluida la guerra, el pacifismo se expandió por gran parte de Europa. Figuras como Albert Einstein, Henri Barbusse o Erich Maria Remarque difundieron públicamente esos principios. Sin embargo, el avance del fascismo obligó lentamente a reconsiderar los posicionamientos políticos e ideológicos. El Rolland de la década del treinta había virado hacia posturas más cercanas al comunismo soviético, del que se consideraba un “compañero de ruta”. Para esa época había adoptado una retórica antiimperialista y se expresaba en términos de clase. Cuando murió, sobre el final de la Segunda Guerra, el pacifismo no era una opción para casi nadie. Solo después de Hiroshima volverían a escucharse masivamente las voces del antibelicismo. Aunque para entonces, claro está, el mundo ya había cambiado.

Eduardo Minutella

Eduardo Minutella

Profesor en Enseñanza Media y Superior en Historia en la Universidad de Buenos Aires (UBA). Se desempeña como investigador especializado en Historia intelectual y cultural contemporánea de la UNTREF. Es colaborador periodístico en Panamá Revista.

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